Favila Vázquez: Mundy, B. E. (2018). La muerte de Tenochtitlan, la vida de México. México, Grano de Sal. 469 pp., ISBN 978-607-97732-8

En los últimos años ha habido en la literatura académica una tendencia a publicar investigaciones originalmente en idioma inglés y editadas por universidades estadounidenses, en su versión traducida al idioma español (principalmente de tesis doctorales o de autores que pertenecen a dichas universidades). Este fenómeno se ha dado tanto en el área de la geografía como de la historia ambiental, por mencionar algunas, y representa uno que podría ser interpretado como la vía para solucionar una necesidad por ampliar la comunicación entre los ámbitos académicos anglosajones e iberoamericanos, aunque este proceso se esté dando primordialmente en una sola dirección. El caso del libro La muerte de Tenochtitlan, la vida de México es uno más que se suma a las obras traducidas al español como las de Nancy Appelbaum (2017)), Raymond Craib (2017) y Laura E. Matthew (2018), entre otras, que facilitan el acceso al público hispano hablante a las ideas sobre Latinoamérica que se han gestado en el contexto universitario estadounidense recientemente.

Barbara E. Mundy es actualmente profesora de historia del arte en la Fordham University, de Nueva York, y se ha dedicado principalmente al estudio de las representaciones cartográficas indígenas en el mundo novohispano. En este libro, publicado originalmente en 2015, presenta al lector un ejercicio de investigación interdisciplinaria que proporciona nuevas luces respecto a los procesos de reconfiguración urbana, social y política que se dieron en la capital de la Nueva España.

El texto, dividido en diez capítulos, recorre un conjunto de evidencias que funcionan como “pruebas sólidas de la resistencia urbana de las categorías espaciales y sociales prehispánicas a lo largo del periodo colonial” (Mundy, 2018, p. 267). El argumento principal de la autora es que con la llegada de los españoles la ciudad de Tenochtitlan pudo haber sido arrasada en términos arquitectónicos, pero en realidad la ciudad indígena pervivió durante la época colonial mediante diversas estrategias generadas por personas pertenecientes a grupos indígenas en el poder, al pueblo y a las órdenes seculares religiosas. Habría que anotar que, aunque este argumento no es original de Mundy, ya que los estudios de Serge Gruzinski (2004) sobre los mecanismos de resistencia cultural mediante los procesos sincréticos generados por grupos distintos a los españoles que ostentaban el poder han sido estudiados desde años atrás, el libro aporta datos e interpretaciones sumamente valiosos que vale la pena recalcar aquí.

La autora parte de una crítica a la noción sobre la “muerte de Tenochtitlan” en 1521 haciendo un análisis profundo de la retórica de los cronistas como Hernán Cortés, quienes exaltaron la destrucción de la ciudad indígena como parte de su discurso justificador de la conquista del Nuevo Mundo. La idea de que los espacios integran en sí mismos ideologías políticas de los grupos que los crean (o destruyen) y representan, ha sido desarrollada por autores como J. B. Harley (2005), y en este caso resulta interesante que la autora, desde la historia del arte, relaciona este postulado con una problemática que lleva varios años desarrollándose en los estudios mesoamericanos respecto a la interpretación de las categorías espaciales locales.

La crítica sobre cómo las nociones urbanas occidentales han permeado el acercamiento a las unidades geopolíticas espaciales del mundo indígena es cada vez más relevante en el medio antropológico e histórico (Gutiérrez, 2012). Para integrarse a esta discusión la autora acude a teóricos como Henry Lefebvre y Michel Certeau. Retoma los conceptos de la construcción social del espacio en el caso del primero y para justificar e integrar las distintas fuentes que usa, acude a la dialéctica entre los espacios vividos y representados que el segundo propone. Así, se establece como punto de partida que no ha habido estudios sobre cómo los pueblos indígenas incidieron en la creación del paisaje lacustre y urbano de la Ciudad de México. En este sentido, valdría la pena anotar que este tipo de inquietudes fueron planteadas por autores como Andrés Lira (1983), quien estudia los conflictos entre indígenas y gobierno español a partir de la modificación del modelo de la tenencia de la tierra en Santiago Tlatelolco y San Juan Tenochtitlan del siglo XVI al XVIII; o Vera Candiani (2014), quien estudia la participación de diversos sectores de la sociedad indígena en el proyecto de desagüe de los lagos de México. Sin embargo, resulta pertinente el señalamiento de Mundy sobre la importancia del agua para el altépetl indígena, que, a manera de un espejo entre la época prehispánica y la colonial, crea la autora y que comentaré en las siguientes líneas.

El escenario principal del trabajo de Mundy se desarrolla a partir de un análisis detallado de las manifestaciones del dominio desplegado sobre el agua de los lagos de México por los gobernantes indígenas. Los capítulos 1 al 3 se concentran en las estrategias de construcción del paisaje de la sociedad mexica antes de la llegada de los españoles a través de la interpretación de iconografía en esculturas vinculadas al poder central. Con esto presenta una analogía entre la escena tallada en el teocalli de la guerra sagrada, la arquitectura monumental, el concepto urbano de altepetl y la dominación y la apropiación de los cuerpos lacustres. Aunque algunos detalles de interpretación iconográfica pueden ser discutidos (por ejemplo, la identificación del personaje en la parte posterior del Teocalli como Chalchiutlicue, la diosa de las aguas) esto no menoscaba el valor de la argumentación dirigida a establecer la importancia de la unidad entre espacios terrestres y acuáticos en la cosmovisión e ideología indígenas.

A partir del cuarto capítulo, y hasta el último, la autora documenta y analiza las manifestaciones de la continuidad del papel de la nobleza indígena en las políticas para la reformulación de la ciudad de Tenochtitlan, a través del estudio de personajes como don Diego de Alvarado Huanitzin y don Antonio Valeriano, ambos descendientes directos de gobernantes indígenas; del análisis de una obra de arte plumaria, de proyectos hidráulicos, así como de abundante documentación histórica. La autora identifica las pautas que distintos personajes históricos establecieron para que se diera una exitosa relación entre los gobernantes indígenas y la corona española: la aceptación del cristianismo; la continuidad de algunos de los comportamientos propios de los gobernantes mexicas y las alianzas establecidas particularmente con los franciscanos. Para reconocer estas estrategias la autora se aproxima al estudio de la arquitectura administrativa, las obras de arte y el análisis de los rituales realizados en la Ciudad de México después de la conquista. A lo anterior se añade el estudio del calendario festivo que le permite rastrear la continuidad entre lo que ella llama “el paisaje religioso prehispánico” y del inicio de la época colonial (Mundy, 2018, p. 248).

Rastrear las alianzas, identificar los proyectos en común y estrategias de poder de los gobernantes indígenas, de la orden religiosa franciscana y de los españoles que habitaban la capital del antiguo imperio mexica, que no murió si no que transmutó hacia un proyecto urbano dirigido no exclusivamente por el poder español, le permiten a la autora sustentar que la ideología de los grupos de poder es la base del diseño urbano de las dos ciudades (Tenochtitlán y la Ciudad de México). A esto incorpora además el estudio del espacio vivido a través de las procesiones, celebraciones religiosas y de lealtad a la corona, y hasta de danzas ceremoniales (mitotes) para celebrar la toma de poder de algún gobernante y que dieron origen a una capa más de la configuración urbana con la creación de ejes y puntos de congregación a lo largo de la ciudad.

Las reflexiones finales de la autora en el último capítulo del libro nos permiten entender que las ciudades, los mapas que las representan y los habitantes que las recorren, se rehúsan a desvanecerse con el paso del tiempo. En este sentido, la capacidad de la autora para encontrar pistas sobre este fenómeno en tan diversas fuentes históricas resulta un aliento fresco y novedoso entre las investigaciones de carácter multidisciplinario que hoy en día son cada vez más comunes.

REFERENCIAS

1 

Appelbaum, N. P. (2017). Dibujar la nación. La Comisión Corográca en la Colombia del siglo XIX. Bogotá: Fondo de Cultura Económica, Universidad de Los Andes, Ediciones Uniandes.

2 

Lira, A. (1983). Comunidades indígenas frente a la ciudad de México. Tenochtitlan y Tlatelolco, sus pueblos y barrios, 1812-1919. México. El Colegio de México, El Colegio de Michoacán.

3 

Candiani Vera, S. (2014). Dreaming of Dry Land: Environmental Transformation in Colonial Mexico City. Stanford: Stanford University Press.

4 

Craib, R. (2017).Santiago Subversivo 1920. Anarquistas, universitarios y la muerte de José Domingo Gómez Rojas, Santiago de Chile: LOM Ediciones.

5 

Gruzinski, S. (2004).La Ciudad de México: una historia. Colección Popular 566. México: Fondo de Cultura Económica.

6 

Gutiérrez, G. (2012). Hacia un modelo general para entender la estructura político-territorial del Estado nativo mesoamericano (altepetl). En A. Daneels y G. Gutiérrez Mendoza (Eds.), El poder compartido. Ensayos sobre la arqueología de organizaciones políticas segmentarias y oligárquicas (pp. 27-67). México: CIESAS, El Colegio de Michoacán.

7 

Harley, J. B. (2005). La nueva naturaleza de los mapas. Ensayos sobre la historia de la cartografía. México: Fondo de Cultura Económica.

8 

Matthew, L. E. (2018). Memorias de conquista. De conquistadores indígenas a mexicanos en la Guatemala colonial. Massachusetts: Plumsock Mesoamerican Studies, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica.

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