Urroz Kanán: La construcción de una geografía cultural. La Ciudad de México en Los bandidos de Río Frío , de Manuel Payno (1889-1891)


INTRODUCCIÓN

Se define la geografía social como la ciencia del espacio humanizado (Coll-Hurtado, 2013) porque se han reunido en un solo ámbito dos aspectos: la realidad natural y la acción social, donde ambas se sintetizan por medio de aquello que transforma el espacio: la cultura.1 Sin embargo, el elemento que guiará el presente trabajo será el segundo, es decir, la geografía de la percepción, “que orienta y guía las prácticas espaciales” (Giménez, 2009, p. 77). Uno de los componentes que definen esta geografía, señala Fernández (2009), contiene una conceptualización elaborada por sus propios pobladores. Esto es, para pensar el espacio antropizado, es necesario poner atención en “la mirada de una colectividad que le da sentido al fenómeno natural y en ese sentido lo modifica, lo adapta, lo hace inteligible” (p. 111).2

Para llevar esta geografía cultural al terreno de la literatura, es necesario comprender que la novela permite el análisis de las realidades espaciales dentro de la ficción, es decir, de los sitios modelados por sus respectivos personajes.3,4 En este sentido, la “geografía literaria” muestra que el espacio en la novela no sólo es referencia, sino que funciona como una “realidad autónoma, viva” (Quirarte, 2016, pp. 28-29 ). En otras palabras, el espacio forma parte constitutiva de la trama cuando las acciones humanas permiten formas de apropiación espacial (Zubiaurre, 2000).

Este trabajo analiza una parte de la geografía cultural del territorio en Los bandidos de Río Frío, escrita entre 1889 y 1891 por Manuel Payno.5 Elegimos esta novela porque forma parte del canon de la literatura nacionalista, es decir, por ser una de las obras fundadoras de la mexicanidad6 -frente al europeísmo de otras (Pacheco, 1985; Olea, 2003; Monsiváis, 2007)-. En su sentido alegórico,7 ésta ha sido interpretada como una “épica nacional” (Glantz, 1994, p. 143), mientras que en un sentido espacial el territorio nacional puede ser leído como el sitio donde la población apenas reclama nuevos lugares de acomodo y busca configurar espacios apropiados, menos degradantes o, en su defecto, aptos para sobrevivir.8 En suma, en el texto de Payno se puede examinar la nueva conciencia nacional que incluye, en su narrativa, espacios nacionales en proceso de reordenamiento: articula población y territorio a nivel interregional, pero también amalgama tipos sociales y lugares a escala local que se mezclan y disuelven para formar un entramado completo de lo que, al parecer del autor, fuera el México que quedó atrás con el triunfo de la república.9

Si el recorrido intelectual de Payno busca configurar una totalidad cultural del espacio mexicano, proponemos que el autor partió de la Ciudad de México como epicentro desde el cual se proyecta el resto del territorio nacional.10 Aunque el país se explica políticamente, la identidad colectiva comienza a construirse mediante el retrato de usos y costumbres, tipos y hábitos, paisajes y viajes.11

En este contexto literario se propone el término “geosímbolo”, acuñado por el geógrafo francés Bonnemaison (2000), quien define las unidades espaciales como lugares significantes que guardan un determinado concepto. Esto es, cada lugar alberga un significado de valor cultural -en este caso, para los personajes de la novela-, pero también para su público lector que se refleja en las acciones que se describen. Además, como el texto también es resultado de las propias prácticas geográficas del escritor, quien era testigo y actor de su tiempo, cada lugar reconocido por él es, a decir de Bonnemaison (2000), una suerte de “marcador espacial”, un “signo” que forja una identidad individual y colectiva que comparte y construye un “sistema de valores comunes”, en este caso, dentro de la Ciudad de México. Si los geosímbolos sitúan el territorio a cualquier escala, podemos entonces definir un espacio determinado por medio de los lugares significantes que “limitan el territorio, lo animan, le dan sentido y estructuran” (p. 55). La concepción espacial de Payno, por medio del enfoque cultural en la geografía, nos conduce a reunir los signos de los lugares, así como definir un itinerario de prácticas nuevas, un territorio cultural “cargado de afectividad y de significaciones” (p. 57).

LOS GEOSÍMBOLOS Y EL PAISAJE EN LOS BANDIDOS DE RÍO FRÍO

Todas las clases y los lugares registrados en la obra son depositarios de la cultura nacional, así como parte activa de su geografía e historia. Payno (2016) señala: “En las clases y educación de las gentes de México hay todavía más diferencias y matices que las que los químicos han establecido en los colores” (p. 185). La novela, escrita décadas después, se inscribe en la corriente del Realismo, misma que enfrenta la realidad cotidiana y la pone en evidencia con el fin de elaborar una crítica social y un diagnóstico general. No en vano se subraya la verosimilitud como regla básica del discurso (Zubiaurre, 2000; Rodríguez, 2015, p. 21).12 De hecho, el Romanticismo de la primera mitad del siglo XIX había ya permitido “democratizar” las formas en que se representan los espacios, donde los personajes ejercen su derecho a caminar, actuar, vivir,13 pero esta vez el Realismo pone el acento en la “referencialidad” (Rodríguez, 2015, p. 38).

En la obra quedan consignados cada uno de los lugares de la Ciudad de México14 que, en su conjunto, no sólo forman el paisaje urbano,15 componen, además, un sistema de señales o códigos culturales, tal como señala Bonnemaison (2000, p. 55). Estas marcas espaciales y sociales son, entre otras, una metonimia histórica que, por medio de metáforas y alegorías, facilitan su recuerdo. La obra también permite un ejercicio de búsqueda y desciframiento del sistema espacial en su conjunto y, como se dijo antes, esto no sólo fue alcanzado por Payno al describir los lugares, sino que lo consiguió comprometiéndose sentimentalmente con ellos. Esta forma de experimentar y vivir la ciudad le permitió desarrollar una herramienta para definir lo “mexicano” posteriormente.

A decir del geógrafo Federico Fernández (2017), desde la perspectiva de la geografía cultural, el paisaje se entiende como “el conjunto de formas que hay en el espacio” (p. 55). Para leer esta escala local con una mirada sensible que logre enlazar los geosímbolos, interpretar sus significados y captar el mensaje global, existen ciertos pasos. Esto incluye la descripción del lugar y el análisis de las estructuras, entre otros. No obstante, al adaptar esta noción a la narrativa literaria, las representaciones espaciales se vuelven “lenguaje de estas formas”, y reunidas constituyen “lo que alguna vez fue aquel ambiente” (Fernández, 2017, p. 56).

Así pues, cada elemento espacial contiene “un significante con cargas valorativas y voluntades sociales que refleja y que forja una identidad” (Bonnemaison, 2000, p. 55). A partir de la metodología del geógrafo francés, el espacio conformado por geosímbolos se construye en tres niveles: el primero, que es el más grande, se denomina “estructural” y se ordena “según sus propias finalidades, sus funciones y su nivel tecnológico”, que pueden ser, por ejemplo, regiones, polos, ejes o flujos (p. 57). El segundo es el “espacio-movimiento”, es decir, “la suma de lugares y trayectos que son comunes a un grupo” o, lo que es lo mismo, el “espacio de conocimiento y de familiaridad vinculado a la vida cotidiana” (p. 57). En este segundo nivel, y siguiendo a Frémont (1999), sucede que las prácticas culturales se acompañan de formas de posesión material y metafórica convirtiendo los “lugares vividos” en sitios humanizados y que, en este caso, proporcionan la estructura al discurso narrativo. Ahora bien, cada unidad de significación espacial depende del uso y la tradición que se les adjudique a distintas escalas y con diferentes pesos cualitativos. De modo que los geosímbolos, en este contexto, son las representaciones sociales de los lugares que adquieren significación mediante señalamientos y vivencias de los personajes de la novela (Claval, 1999; Bonnemaison, 2000; Tapia, 2009).

Finalmente, la suma de las dos categorías anteriores o niveles de “percepción”, brindan la reflexión global de los valores espaciales en su conjunto, es decir, su geografía cultural (Bonnemaison, 2000, p. 57). Así, la trama narrativa de la obra permite la combinación y el entreveramiento de los lugares que han sido marcados por cierta actividad compartida. Una vez conferido algún valor comunitario y un significado identitario al conjunto de geosímbolos, y se exprese en el concepto y la visión del paisaje total representado por Payno, se tiene una geografía cultural de su novela.

Ahora bien, para integrar los geosímbolos y articular el paisaje cultural, Fernández (2017) explica que es necesario situar las experiencias, valoraciones y percepciones individuales a escala micro, y sólo después encontrar la conexión que determine el sentido general del “ordenamiento espacial”, es decir, de “la idea del mundo” social (p. 60). En la narrativa literaria de Payno, cada personaje se relaciona con su entorno y con el resto de la sociedad, de modo que el paso de los hechos y la vivencia de los personajes producen formas colectivas de vivir y, por tanto, de moldear el escenario social. A esta producción espacial Glantz (2010) la denomina “experiencia comunitaria de la ciudad” (p. 57). Así, al ordenar los geosímbolos que arrojen las coyunturas y conexiones necesarias que revelen el diseño espacial de la novela, tenemos también la construcción cultural de la espacialidad urbana desde el “ojo narrativo”16 de Payno.

LOS GEOSÍMBOLOS ESTRUCTURALES DE LA CIUDAD DE MÉXICO EN LOS BANDIDOS DE RÍO FRÍO

En este apartado se ordena el primer nivel de los geosímbolos, que comprende la estructura y en el cual se han identificado los cinco principales, indicando en cada uno sus elementos básicos. A grandes rasgos, los geosímbolos que conformaban la estructura de la ciudad en las primeras décadas de vida independiente, y siguiendo el itinerario intelectual de Payno, son los siguientes.

Los cuadrilongos

La Ciudad de México seguía todavía el ideal urbanístico de los modelos europeos, particularmente con los parámetros neoclásicos que privilegian las trazas regulares (Fernández, 2000, p. 94). En palabras de Payno:

Está formada de cuadrilongos de 200 varas de largo por 100 de ancho; las calles tiradas a cordel de norte a sur y de oriente a poniente. Los edificios son de piedra y cantería y terrados planos y una buena parte de ellos con grandes patios cuadrados, arquerías y corredores al estilo morisco. No hay ciudad de España con la que pueda con exactitud encontrársele semejanza. Únicamente tiene analogía con las construcciones andaluzas. Está situada en medio de un extenso y ameno valle, circundada de altas montañas, su temperatura media es de 15 a 18 grados y son tan raras las excepciones en el año, que se puede asegurar que no hay invierno. La población, que no llegaba 100 años después de la Conquista a 80 000 habitantes, contaba en 1810 160 000. De 1820 en adelante, 230 000 (2001, p. 272).

Los proyectos de ordenamiento espacial ya eran, desde épocas virreinales, de inspiración occidental. Pero esta vez, con la mira puesta en Francia, se replicaron, por ejemplo, museos, teatros, academias, universidades y alguno que otro jardín público (Figura 1). En teoría, esto significaba la capacidad política de poder reemplazar, eliminar o modificar los establecimientos religiosos que acaparaban los espacios urbanos que debían regirse por un ideario fundamentalmente anticorporativo y anticlerical (Lira y Staples, 2010).

Figura 1

Mapa de los geositios de la Ciudad de México en la novela de Manuel Payno.

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La de México era una ciudad centralizada de planta regular que se expandía en líneas rectas, es decir, estaba “abierta comercialmente a la provincia pero reforzada en su estructura unipolar” (Fernández, 2000, p. 96). Aunque de modo ideal se buscaba ordenar y dividir la ciudad funcionalmente de acuerdo a las distintas actividades políticas, comerciales y religiosas, en la práctica la movilidad era tal que la sociedad burguesa emergente se configuraba entre aquella que venía de fuera “con aires de superioridad de viaje a la gran capital” (Payno, 2016, pp. 304-305), y la que salía en excursiones lejos de “la gran Tenochtitlan” (Payno, 2016, p. 18).

Los lagos

La ciudad estaba rodeada de lagos; se consideran geosímbolos por tener una presencia determinante de larga duración, así como por el hecho de formar parte de la vida material de la ciudad y de la cosmovisión de sus gentes. Al respecto, Payno señala:

si en la estación de las lluvias amenazan derramarse sobre la ciudad por falta de obras hidráulicas necesarias para contenerlas y darles salida, contribuyen, como lo dijo el barón de Humboldt, a que el clima de México sea uno de los más suaves y benignos del globo. Tendidos en el valle, como inmensos espejos donde se retratan las altas montañas, saturan la atmósfera de la humedad necesaria, aumentan la belleza del paisaje, proporcionan trabajo y alimento a la clase indígena, y medios fáciles de comunicación con las poblaciones situadas en un radio de diez o doce leguas (2016, p. 344).

El borde de la traza era el siguiente: al norte, el barrio de Tepito; al occidente, el paseo de Bucareli;17 al sur, la calzada de San Antonio Abad, y al oriente, los llanos de San Lázaro (Gortari y Hernández, 1988, p. 54). “La clase indígena de los alrededores de México” (Payno, 2016, p. 39) o la “raza india”, como la llamaba el autor de la novela, habitaba precisamente en estos bordes, en una suerte de periferia o cinturón urbano constituido por barrios, aldeas y pueblos pobres. Sus chozas de tejamanil y zacate y sus jacales improvisados se encontraban entreverados entre ranchos, fincas, casas de campo, mercados, plazas de carretas, mesones y fondas. Así los refiere:

Los lagos varían de nivel, derraman los unos sobre los otros y se comunican por canales construidos desde el tiempo de los aztecas. Sus orillas están como salpicadas de pueblecillos de indígenas, con sus jacales de tule o de piedra suelta, techados con las fuertes hojas de maguey y forman un pintoresco y variado escenario desde las alturas; pero examinados de cerca, se encuentra la tristeza y la miseria (Payno, 2016, p. 345).

Calzadas, acequias y canales

Estos elementos de la ciudad se consideran geosímbolos por su carácter de movilidad, es decir, calzadas, acequias y canales son rasgos estructurales que permiten la comunicación e integración de la ciudad. De modo tal que los dos mundos descritos por Payno (2016) quedaban vinculados por “calzadas de tierra y piedra” que los coches, carretones y caballos cruzaban hasta entroncar con las garitas,18 las cuales delimitaban el antiguo casco urbano y estaban encargadas de cobrar las alcabalas; se abrían y cerraban en determinados horarios para hacer transitar las mercancías que transportaban carretoneros, cocheros, arrieros y “los hatajos de burros y los indios cargados con carbón y madera (p. 1522). También se podía penetrar a la traza central de la ciudad en las embarcaciones que navegaban los lagos. Las chalupas, canoas y trajineras debían atravesar las “compuertas” donde “se juntan las aguas” y que con los vientos de las montañas provocaban “corrientes” fuertes de resistir (p. 437). Cruzando este sistema de compuertas “que arrastraba la basura para fuera”, los remeros se introducían en los canales que rodeaban el corazón de la ciudad” (pp. 367-368). De esta manera, los barrios periféricos quedaron unidos al casco, pero a su vez permanecían delimitados por la gran acequia.

Las iglesias

Estos geosímbolos conformaban una gran parte del paisaje cultural de la ciudad, en donde no sólo se practicaba la vida religiosa, también eran espacios de encuentro social. Payno (2016) tiene en la memoria que la vista de México desde lo lejos era un lugar de “cien torres y cúpulas” (p. 1055). De hecho, se refiere a ella como “la ciudad de los Palacios”, tal y como “el noble conde italiano Beltrami” la denominó (p. 959). Aunque la capital contaba con numerosas iglesias y otros edificios religiosos,20 la catedral era el gran símbolo, no sólo de religiosidad, sino de centralidad espacial. En efecto, el centro geométrico de la ciudad fue la catedral y, a partir de ella, la traza completa se extendía en un plano de líneas reguladoras (Fernández, 2000, p. 86).

Payno (1999) lamentaba, sin embargo, el estado arquitectónico de la catedral y señalaba:

tal y como se concluyó en tiempo del gobierno español, y como todavía la vimos, tenía ese tipo, no sólo severo, sino en extremo grandioso e imponente. En el curso del tiempo no se ha hecho más que gastar enormemente el dinero para degradarla día a día, hasta hacerla un mixto ridículo y chocante a la vista. Con ese adorno de estuco que es apenas tolerable en las casas particulares [a continuación, se preguntaba:] ¿Por qué no respetar las cosas antiguas? ¿Por qué ensuciar con la cal ese color religioso y artístico que la naturaleza ha dado a nuestra cantería? (p. 274).

No obstante, a la novela de Payno no habían llegado aún las grandes modificaciones urbanas que trajo consigo la Reforma, que acaecieron, sobre todo, a partir de la segunda mitad del siglo. En tiempos de Los bandidos de Río Frío las parroquias eran frecuentadas por los vecinos, mientras que el templo de la Profesa y el convento de San Francisco, por ejemplo, aún no eran demolidos y simbólicamente eran rectores de un espacio (Gruzinski, 2004, pp. 90-91). Así, la novela permite comprender que el rechazo a lo español y a lo barroco no estaba peleado con la religiosidad popular, de modo que la visión del centro de la ciudad en su conjunto permanece cubierta todavía de iglesias, monasterios, claustros, capillas y conventos. Si, acaso, la obra es testimonio del proceso espacial por el cual estos edificios religiosos comenzaban su gradual desuso y a sufrir su paulatina secularización, esto es, ser convertidos en cuarteles y luego en habitaciones populares, tiendas y alguna que otra fábrica, escuela o biblioteca (Gruzinski, 2004, pp. 90-91).

Las plazas y calles

Estos espacios son considerados geosímbolos estructurales porque permiten el flujo de las personas, así como el encuentro o choque entre los distintos grupos sociales. En general, era una ciudad donde los espacios se reacomodaban y apenas se intentaban conquistar por la sociedad civil. Así, en medio de un ambiente de anarquía e inestabilidad política permanente y en la lucha por el proyecto de nación que se buscaba establecer, los espacios políticos, como el Palacio Nacional y el ayuntamiento en la plaza principal, ocupaban un sitio central (Gortari y Hernández, 1988, p. 54) (Figura 1); por su parte, los espacios sociales, como calles y plazas, funcionaban como ejes que adquirían mayor relevancia y significación urbana.

El paisaje cultural parecía, hasta aquí, el siguiente: ya fueran comerciales, políticos, religiosos o sociales, los establecimientos y vías confluían en una traza de formas simétricas y regulares que daban orden y cierta armonía a la capital de México, mientras que su contorno se desdibujaba entre las inundaciones, la suciedad y las ocupaciones improvisadas.

LOS GEOSÍMBOLOS DE LA CIUDAD COMO ESPACIOS VIVIDOS

El siguiente nivel de análisis del espacio cultural explica cómo transforman los personajes el paisaje urbano que se materializa en geosímbolos en la novela. Esto es posible gracias al realismo literario desarrollado por el autor, en el cual se lee la riqueza de la vida en la ciudad y sus espacios cotidianos: de mujeres, indígenas, aristocracia y servidumbre; de violencia, delincuencia organizada, corrupción, deseo, crimen y desamparo. En forma de prosa, la ciudad se vuelve el personaje para definir, denunciar y satirizar el revuelto escenario social que era acaparado por el tránsito físico y espiritual, y por el contacto directo entre los personajes y los espacios que Bonnemaison (2000) denomina “culturales y vivos”, que son el “fundamento del territorio” y la “base del espacio humano” (p. 55). Es decir, en este contexto, los procesos de ocupación representaban precisamente el ejercicio de la polis, el cual consistía en un derecho igualitario en el que todos son, teóricamente, “ciudadanos” libres y no sólo “vecinos” del “rumbo”. De esta manera, los trazos espaciales que se tejen en la capital para mediados del siglo se encuentran en tensión, entre la dimensión social de la soberanía popular y el nivel político de las autoridades estatales que se desequilibraba constantemente (Carmagnani, 1991, p. 230).

Las calles y los comercios

Los personajes de la novela de Payno (2016) son usuarios del espacio público: viven y se adueñan de las calles, las plazas y el mercado. Con ello, exigen su lugar en el mundo, es decir, desde estos sitios, la gran mayoría de la gente resiste, critica, se enfrenta con la clase acomodada, pero también se relaciona de forma afectiva con esta misma burguesía monárquica o afrancesada. Estos mundos sociales se encontraban en la traza antigua de la ciudad repleta de carnicerías y panaderías (p. 1580).21 Las calles eran lugares de transacciones económicas, como la de Plateros (hoy calle Madero), que se volvía un espacio obligado para los artesanos y comerciantes, por un lado, y ricas familias con capacidad de adquisición, por el otro (pp. 156-157). La calle de la Alcaicería (5 de mayo)22 también era un espacio donde confluían todas las clases sociales; allí, don Santitos, el platero, tenía su taller donde acuñaba medallas de vírgenes y santos que encargaban los templos de la Profesa y la Colegiata, así como la catedral (p. 1373). No obstante, algunas tiendas podían convertirse en sitios adaptados para fines viciosos y corruptos. Por ejemplo, la tienda de don Jesús, una vez que cerraba, se convertía en lugar de reunión donde los ladrones jugaban baraja, planeaban robos y hacían cuentas (p. 1373), o bien la Gran Ciudad de Bilbao, ubicada en la calle de la Merced, y que, bajo la fachada de almacén de vestuario del ejército mexicano, era el gran centro de operaciones de espías y servidores para la organización criminal comandada por Juan Robreño. Allí, Viviana era quien despachaba y controlaba lo que el autor narraba como “la rueda motriz de la Gran Fábrica de Robos”, que extendía su influencia por toda la capital e incluso hacia pueblos cercanos como Texcoco y el monte de Río Frío (p. 1480).

Las pulquerías

En las calles del centro pululaban las fondas, los mesones y los corrales, que constituían también geosímbolos del mundo urbano narrado por Payno (2016). Estos espacios podían convertirse en cuarteles generales o guaridas de ladrones. Asimismo, lugares de encuentro social eran algunos cafés y heladerías,23 pero, sobre todo, las pulquerías (pp. 1372, 1483). Incluso a la afamada pulquería Don Pelos, que estaba puesta dentro de jacalones “con techo de tejamanil” (p. 212), concurrían desde parroquianos hasta bandoleros, así como “las aguilitas”, que almorzaban sin quitarse de encima sus largas espadas. En esta pulquería tan exitosa y administrada por el Tuerto Cirilo (antes de volverse parte de la red donde confluían los asaltantes), las “riñas y heridas” se volvían pan de todos los días. Sobre todo, en “San Lunes”, cuando se congregaban artesanos, vagos, léperos e indios pobres y jugaban “partidas de rayuela, cantaban y zapateaban un jarabe, alternado con versos picarescos, y los bandolones y el guitarrón” (p. 215).

Las plazas

Las plazas eran geosímbolos que actuaban como ejes simbólicos de vivencias sociales (Figura 1). Tan era así, que en la obra de Payno (2016), los yorkinos recalcitrantes, como el personaje San Justo, pensaban que un acto de postura política representaba “quemar en la plaza pública la colección de retratos de los virreyes” (p. 1295). La Plaza Mayor24 combinaba una yuxtaposición de espacios, de la religiosidad; era un sitio de paseo pero también de asaltos (p. 248). En ella, mientras algunos visitaban la catedral, los magistrados y abogados tenían mucho que discutir en Palacio Nacional antes de dirigirse a los juzgados o a la Cárcel de la Acordada para resolver los disturbios cotidianos (p. 788) (Figura 1). En efecto, gran parte de la tranquilidad de la “ilustrada y benemérita población de la capital” dependía de lo que publicaran los periódicos con las novedades que salían y entraban de palacio.25 La plaza de Mixcalco representaba el punto final de un itinerario de geosímbolos que debía comenzar en el Tribunal del Crimen o la Acordada, ubicado frente a la Alameda (hoy calle Juárez) (Figura 1). Muchos eran “ladruenzuelos y gente perdida de otros barrios, que por robos rateros, borracheras y pleitos entran y salen a la Acordada como si fuese su casa o un mesón ya conocido” (p. 137). Entre ellos, podía haber “vecinos” injustamente apresados que se volvían víctimas olvidadas (como los miembros de la vecindad de la calle de Regina de la Estampa) (Figura 1). En otros casos, el condenado debía cumplir el ritual de la “procesión fúnebre”, que comenzaba en la Plaza Mayor y terminaba en la Plaza de los Ahorcados o Mixcalco (p. 925). Durante esta caravana, la infantería, los hermanos de la cofradía y los padres de distintas órdenes exhortaban al delincuente al arrepentimiento, mientras que las calles y los balcones se llenaban de “curiosos” y se acercaban hasta reunirse en la plaza “repleta de gente”. Allí, finalmente, “un cuadro de tropa estaba formado y en el centro las máquinas destinadas a la ejecución, que eran bien sencillas: una viga, un banquillo y un anillo de fierro” (pp. 1655-1656).

El mercado

La Plaza del Volador (después llamada Plaza de la Constitución) (Figura 1)26 fue, sin duda, el gran geosímbolo donde la socialización se daba de manera completa: allí, señala Payno (2016), “Por los mozos y criadas se sabe la vida de todo México” (p. 537). Esa plaza era imprescindible para la sociedad capitalina porque su mercado era el principal sitio de encuentro.27 En reemplazo al derrumbado mercado del Parián (Figura 1), el mercado de la Plaza del Volador era único e irrepetible porque en él había “alacenas” que contenían “lo más barato” y a donde no dejaba de asistir la nobleza o quien quisiera aparentar serlo sólo yéndose “bien vestido” (p. 1293). El autor lo describe así:

El portal de Mercaderes tiene en México un carácter, un tipo especial que no se encuentra en ninguna otra ciudad del mundo. Es una especie de feria o de exposición que se repite todo el año los domingos y días festivos (Payno, 2016, p. 148).

Es allí donde se podían comprar desde figuras de cera y juguetes, hasta alhajas preciadas y antiguas; en suma, “artículos de París, así, sin que por nada entre la vanidad nacional, se podía también decir artículos del Portal de México” (Payno, 2016, p. 150). El mercado de la Plaza del Volador era el emblema de la ciudad y, más puntualmente, el Portal de Mercaderes que, asegura Payno (1998), era uno de los más “celebres e interesantes por un puesto famosísimo de fruta, donde en verdad puede contemplarse bien la fertilidad del país y hallarse reunidos las producciones de todos los climas” (p. 42).

En la novela, Cecilia era la dueña del puesto de frutas, una mujer activa, fuerte, independiente, desafiante y deseada por más de uno; el símbolo femenino de quien sabe defenderse, poner límites espaciales y corporales (Glantz, 2010, p. 173). En efecto, la frutera ocupaba su puesto comercial como plena “señora de sus dominios” (Quirarte, 2016, p. 266). En la pluma de Payno (2016), Cecilia no sólo “ensalza un tipo popular”, también defiende los comportamientos y sentimientos culturales, “las producciones de la tierra que llegan de Tierra Caliente” y las chalupas y canoas que cruzan los lagos, por las que “México recibe granos, semilla, flores y frutas” (p. 347). Así pues, en las representaciones femeninas del siglo XIX, en opinión de Angélica Velázquez (2018), esta mujer se asocia con el ambulantaje y el abastecimiento alimenticio de la ciudad. Su tipo, en fin, destaca no sólo por sus connotaciones eróticas o por ser objeto de deseo, sino por los prodigios que la tierra brinda gracias a los vendedores de sus productos: fruto, cuerpo y tierra se funden, así, en el personaje (pp. 297-298). Por todo esto, como geosímbolo de la ciudad, dicha figura femenina representa la metáfora de la espacialidad, el paisaje urbano por excelencia. En palabras de Quirarte:

Payno convierte a Cecilia en emblema de la “Muy Noble y Leal Ciudad de México”. Si, de acuerdo con una metáfora común a muchas culturas, la ciudad es mujer, Cecilia es el símbolo de la mujer sola. Si es el personaje más memorable de Los bandidos de Río Frío, es porque sólo ella se mantiene a salvo de la impureza de su tiempo, altiva, fin y principio de sí misma, señora de sus dominios, firme en los límites de su chalupa y en los de su cuerpo. El licenciado Lamparilla ve en Cecilia la personificación de Ceres, la diosa de la Tierra. En una simbología más aventurada, Cecilia es por extensión la patria, y Lamparilla el licenciado que acaba por abandonarla, una vez que ha hecho uso de ella. En otras palabras, en la patria que vislumbra Payno pasan los hombres, pero permanece la Tierra como principio femenino original (2016, pp. 266-267).

Los paseos populares

El jardín de la Alameda era otro geosímbolo recreativo donde se escuchaba el discurso religioso o político de algún orador y también podían ser robados “los relojes y cadenas de oro” de la clase pudiente. Generalmente, después de escuchar temprano “las misas del altar del Perdón” en la catedral, daban comienzo los elegantes paseos urbanos (Payno, 2016, pp. 139, 283, 1442). Allí mismo, se caminaba al lado de las cadenas de la catedral que cerraban el atrio (Payno, 2016, p. 149; Gruzinski, 2004, p. 98) (Figura 1). Enseguida, se acostumbraba visitar el Portal de Mercaderes y luego continuar hacia la Alameda, donde finalizaban las caminatas por espacios amplios, abiertos, públicos y de trazo regular.

No obstante, había otro tipo de paseos que salían de la traza y en los que se dividían los niveles sociales. Hacia el sureste, a orillas del canal que comunica la laguna de Chalco con la de Texcoco, se extendían pueblos indígenas con “casas de adobe, otras de carrizos y muy pocas de cal o piedra”. Así las describe el autor: “estos terrenos, que se llaman chinampas, siembran todo el año flores y hortaliza”. Dos de estos pueblos chinamperos y zacatales protagonistas de la novela eran Iztacalco y Santa Anita (Iztapalapa)28 que, aseguraba, eran como islas flotantes que “recuerdan a Venecia”, y en donde las gentes pobres se encontraban, paseaban en las canoas y gastaban su jornal (Payno, 2016, p. 162). En sus impresiones de viaje de 1847 escribió que estos paseos por la Viga y Santa Anita “son celebrados por los viajeros” (Payno, 1996, p. 224) (Figura 1). Nos aclara también que “Santa Anita e Iztacalco son los paseos favoritos de la gente del pueblo”, y desde que se embarca en las canoas de la Viga y hasta el oscurecer, cuando regresa a su casa, “la gente del pueblo olvida en aquellos momentos su condición y su miseria”. Por su parte,

la aristocracia, en soberbios carruajes, recorre fantástica y rápida aquellas calzadas espaciosas que están junto al canal, y goza del húmedo ambiente de las aguas, y de la escena soberbia que presenta el ancho valle de México cuando el sol se pone detrás de las montañas y tiñe, con una tinta rosada, la alta y solitaria cumbre de los volcanes (Payno, 1999, p. 163).

Los paseos aristócratas

La otra cara de la moneda era el paseo de Bucareli, geosímbolo lineal de aspiraciones sociales. Partiendo de la Plaza Mayor y cruzando la garita de Belén, se podía llegar a esta calle, pasar un día de campo en Chapultepec y después conducir hasta Tacubaya, donde se encontraba el convento de San Diego.29 También se podía llegar hasta Toluca, con sus ramificaciones a los molinos del Rey, Santo Domingo, Valdés y Belén (Payno, 1999, p. 145).30 Pero lo esencial era “lucir los elegantes carruajes” sobre Bucareli,31 precisamente donde los ricos y la precaria clase media se reconocían. Sobre todo, “la juventud aristocrática” conformada de “galanes en briosos caballos” que, junto con sus “espadas, pistolas y reatas”, perseguían a muchachas ricas que iban en sus coches (Payno, 2016, p. 770).

No obstante, el gran geosímbolo y centro de sociabilidad de la clase alta era, sin duda, el Teatro Principal,32 sobre todo cuando llegaban las compañías italianas y presentaban alguna ópera famosa (Payno, 2016, p. 414) (Figura 1). Precisamente era allí donde la clase alta y la burguesía naciente tenían oportunidad de ostentar su alto nivel social (Gruzinski, 2004, pp. 90-91). El teatro, como emblema de la capital y del nacionalismo elitista, albergaba la idea occidental del gusto por la ópera, que le permitía al aristócrata capitalino asemejarse al ciudadano de París, Londres o Milán (Gruzinski, 2004, pp. 77-79). El modelo de prácticas sociales a seguir era el parisino “que es el sueño dorado de los mexicanos que hacen alguna fortuna y van a gastarla en los teatros, en los cafés y en los centros de placer de esa capital del mundo” (Payno, 2016, p. 1567).

Las casas

Payno (2016) reconoce, a lo largo del libro, los contrastes de la ciudad y comenta al respecto: “inundada y llena de lodo en tiempo de aguas, y de polvo y basura en la seca” (p. 1381). No obstante, así como con el clima, también sucedía con los espacios sociales, y no sólo los dispuestos para el entretenimiento y la recreación, también con la arquitectura residencial. En efecto, las casas eran geosímbolos íntimos, parte de una geografía privada y de interiores que recreaban con gran ahínco la literatura realista (Zubiaurre, 2000, p. 99).33 En este sentido, Payno (2016) señala que se trataba de una “época de transición”, donde la arquitectura feudal española aún se conservaba y se habitaba, y aunque no fueran estrictamente palacios, sí lo parecían (p. 388). Eran casas donde habitaban caballeros y mujeres piadosas, o bien marqueses y condes que no escatimaban en opulencia material, servidumbre y transporte. Por ejemplo, la casa de don Juan Manuel, conde de Sauz, ubicada en pleno centro de la ciudad pero en una calle lúgubre y triste, tenía amplios patios, largos corredores y pasillos, almenas, numerosas recámaras, azotea y hasta biblioteca (pp. 68-69) (Figura 1).

Por otro lado, en las casas de vecindad habitaba la gente pobre e incluso “viejos militares que pelearon” (pp. 789, 1382). Ejemplo es un vecindario en la calle de la Estampa de Regina,34 donde Evaristo y Tules vivían con el niño Juan, y en donde el crimen promovido por el alcohol y el resentimiento se podía perpetrar en la intimidad de sus espacios sin que nadie lo notara (Figura 1).35 Al mismo tiempo, estos vecindarios permitían la excesiva interacción social; al respecto, el autor explica que la estructura urbana se prestaba para construir estos espacios comunitarios:

Tiradas las calles a cordel de sur a norte y de oriente a poniente, está dividida en manzanas; cada manzana forma un espeso cuadrilongo de doscientas varas de largo por ciento de ancho. En él están juntas, pegadas unas con otras, casas chicas, medianas y grandes, o solas, es decir, de una habitación, y todas tapadas con techos enladrillados de más de media vara de espesor. Cada casa tiene, por lo menos, un corredor descubierto que da luz a un patio y a las piezas interiores; pero la mayor parte tienen corredor y azotehuela, es decir, un espacio de techo descubierto, lo que se concibe bien siendo la mayor parte de las casas de un piso bajo y de un segundo alto (Payno, 2016, p. 1440).

Siguiendo a Payno (2016), en una vecindad grande podían habitar hasta 100 personas de “la clase de artesanos y gente pobre” (p. 1446). Su particularidad era precisamente que tenían azotehuela y, por tanto, era relativamente fácil para los ladrones subir con una escalera, penetrar en las casas y asaltar sus interiores. A la vez, estos robos podían ser verificados al sereno con gritos de ayuda pronunciados desde los balcones (pp. 1447-1448). “Estas azoteas, que no dejan de tener sus peligros para quien no las conoce, se comunican con raras excepciones”, y el autor confiesa que “son el amplio campo de maniobras para los ladrones” (p. 1440).

Los pueblos aledaños

En este nivel los pueblos eran estructuras grandes a la distancia, donde se cultivaban costumbres y prácticas ancestrales. La gente que podía pagar un alquiler se quedaba en un mesón cuando por alguna razón visitaba “la capital”. Pero, en general, las personas pobres vivían en el escenario colindante como el conformado por los ya mencionados pueblos de Iztacalco y Santa Anita ubicados hacia el oriente. Otro pueblo en el cinturón de pobreza y en donde el ámbito rural y urbano se entreveraban era Las Salinas. Sin confundirlo con Tepito, aclara el escritor, allí vivían las dos herbolarias, precisamente donde alguna vez fueron las parcialidades de San Juan y Santiago Tlatelolco, pero que, al parecer, habían sido terrenos ya absorbidos y puestos a la venta por el gobierno para ser integrados a la ciudad (Lira, 1997) (Figura 1). “El pueblo de la sal” conectaba con el centro de la ciudad por la Calzada del Tepeyac y atravesaba la garita de San Lázaro (Figura 1). Era en estos caminos de conexión, cerca de los lagos, donde se encontraban los “llanos salitrosos y pantanos”, y también las “aguas termales”, lugar en que el jacal de estas dos viejas brujas se localizaba. Sin embargo, no era impedimento la ubicación periférica de su vivienda porque nada las detenía a la hora de conseguir los productos exóticos que encontraban en sus excursiones a tierras lejanas del Pedregal, Coyoacán, San Ángel y Cuernavaca. Una vez obtenidas las hierbas y otras excentricidades, incluso provenientes de Tierra Caliente y embarcadas desde Chalco (Payno, 2016, p. 43) (Figura 1), María Matiana y María Jipila iban a surtirlas a las boticas del centro o, en su defecto, tomaban la esquina de la calle Tacuba y Santa Ana para venderlas (Payno, 2016, p. 34).

Los barrios colindantes

En general, la gente “desdeñada por la aristocracia”, decía Payno (2016, p. 880), vivía en barrios “bulliciosos” que quedaban a los costados de los canales cenagosos, donde viejas construcciones de uno y del otro lado, con sus fachadas amoratadas de tezontle o pintadas de cal o de colores fuertes, con sus balcones irregulares de fierro, sus ventanas con rejas gruesas, forman una calle comunicada por puentes” (p. 877). Casas, vecindarios, almacenes y demás establecimientos de la periferia estaban unidos por callejones y corrales que se comunicaban con la calle principal en cada “rumbo”. La movilidad y el comercio en estos contornos miserables y poco salubres se ejemplificaba bien en el barrio de la Acequia que describe Payno (2016). Éste quedaba a un costado de Palacio Nacional y se comunicaba desde Chalco por donde se embarcaban una gran cantidad de “pelados” (p. 912).36 Por el rumbo de estas pequeñas calles se encontraba precisamente la casa-almacén de la frutera Cecilia, concretamente en el callejón de la Trapana, sobre el Puente de la Leña37 (Figura 1). Allí,

En tiempo de lluvias, cuando se desbordan las lagunas y la acequia se llenaba, las aguas penetraban hasta el canal de la casa, y las canoas podían entrar cómodamente, y cerrada la puerta, flota y mercancías quedaban tan seguras como en el mejor muelle (Payno, 2016, p. 885).

No solamente sucedía esto en casa de Cecilia, también en todas las casas y los vecindarios que eran almacenes para distribuir a tocinerías, pulquerías, tabernas, pajerías y carbonerías; en suma, espacios donde se guardaba “leña, tablas, maíz, cebada, legumbres, flores y frutas” (Payno, 2016, p. 880).

Los sitios de orfandad

Aunque todos los personajes de la novela ejercen prácticas de poder intrínseco, en muchos casos daban malos y degradantes resultados; en otros, con posibilidades de evolución o, por lo menos, de redención (Quirarte, 2016, p. 78). Esto es, como usuarios de la calle, cada uno corría con distinta suerte y destino. En este sentido, había “rumbos” para todo, donde podía existir sufrimiento, miseria, desamparo y abandono, pero también fiesta, júbilo, caridad y solidaridad, elementos que no ofrecían de ninguna manera las estructuras ideológicas del Estado, mismas que aparecen constantemente ridiculizadas por medio de la parodia o la sátira.

Es el caso de otros pueblecillos olvidados donde habitaba el tipo de “la clase indígena, de vagos y arrimados”, incluso los perros y arrieros, o la anciana Nastasita; es decir, los perdidos y sin hogar que pasaban el tiempo en la viña o el gran basurero de la ciudad (Figura 1). En esos mismos rumbos, la atolería resultaba ser el espacio maternal donde la mujer indígena cobijaba, nutría y protegía (Glantz, 1994). A fin de cuentas, explica Payno (2016), “en los barrios de México todas las casas de los pobres son casas de asilo para los que son más pobres que ellos” (p. 115). Glantz (1994) resume estos espacios de orfandad, que no acababan de integrarse, como los sitios donde apenas se está gestando el nuevo mexicano, el mestizo encarnado en el personaje de Juan Robreño, quien, por ejemplo, debe pasar un tiempo en el hospicio de pobres:38 otro mundo de injusticias pero también lleno de formas de aprendizaje para la sobrevivencia en la ciudad de los contrastes (Figura 1).

Los santuarios

Finalmente, como los ámbitos ceremoniales y los templos religiosos también fueron objeto de estudio y de significación para el autor, no podía faltar el sincretismo y la identidad cultural de estos geosímbolos que se condensan en la devoción más extendida e importante, que era el culto a la Virgen de Guadalupe. Tanto la gente de “raza indígena” como la más “alta aristocracia” atravesaba la garita de Peralvillo para llegar a su templo (Figura 1). El escritor describe así el camino:

La Villa de Guadalupe se halla situada al norte, a distancia de una legua de la capital, en las orillas del lago de Texcoco. Conducen a ella dos calzadas: una de piedra, construida a la izquierda sobre los potreros cubiertos de agua la mayor parte de la estación del verano, y otra a la derecha, de tierra, con dos líneas de álamos blancos que forman una escena óptica, si bien algo triste por la aridez de los contornos y por la tinta deslavada de las hojas de los árboles (Payno, 1999, p. 148).

En una de sus digresiones, Payno (2016) aclara puntualmente: “La Colegiata de Guadalupe no es una pequeña iglesia, como algunas que en Europa tienen el pomposo nombre de basílicas, sino una catedral” (p. 58). Es decir, se trataba de un centro simbólico para todos los estratos de la sociedad que esperaban escuchar al orador, quien aseguraba a “los habitantes de Anáhuac la protección de la Virgen” (p. 59).39 Finalmente, acerca de su significado, dice: “Pocos santuarios hay en el mundo como tan célebre como este. En la República especialmente, es el símbolo de la religión y de la independencia, la representación viva y patente de la creencia mística y de la creencia social” (p. 148). Así, pues, a este indiscutible lugar sagrado y geosímbolo de todos, los mexicanos se presentaban regularmente no sólo a pedir y a dar gracias, sino a pasear por la plaza del santuario, donde vendían “tan celebradas y sabrosas tortillitas, que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo”; pasaban “todo el día en la Catedral, en el cerro y en la capilla del Pocito” (p. 333).

REFLEXIÓN FINAL

Con el siglo surge el nacionalismo pero también la novela; en este contexto, la geografía y la literatura son ámbitos que en la primera mitad de siglo XIX se juntan para crear conciencia, instrucción y civilización. La idea de nación y la literatura corren paralelas entre las prácticas espaciales que son su materia prima. Entre otras formas narrativas, en la novela de folletín tanto el autor como el lector definen y se apropian discursivamente del espacio mediante un lenguaje metafórico y repleto de símbolos.

Payno se formó como un ilustrado romántico, quien se desdobló como un geógrafo de su época: buscó en los lugares de la cultura popular la expresión sentimental y, con la narrativa literaria, convirtió en veracidad sus experiencias y observaciones. Su obra no retrata sólo una búsqueda sociológica, también dibuja un diseño espacial del país decimonónico y su capital en particular. Los bandidos de Río Frío forma parte de las letras fundacionales hispanoamericanas porque, además de ser testimonio de un momento, es un texto con valor literario, documental, social, antropológico y también geográfico. En efecto, el escenario social, en la visión del autor, puede ser estudiado en distintas dimensiones de lectura, tal como ya se ha hecho en diversos trabajos, pero también su magna obra puede ser ordenada en varias escalas espaciales o, como lo explica Bonnemaison (2000), “en niveles de percepción sucesiva”.40 En este sentido, la visión de la Ciudad de México en la narrativa de Payno funciona desde el enfoque de la geografía cultural como uno de los primeros pasos para construir el concepto territorio nacional y su epicentro: la Ciudad de México, desde donde se extiende el resto del país y en donde todo converge.

En la capital moderna de México el nacionalismo se concibe cuando los personajes se disputan el ejercicio de la polis, tal como interpreta Quirarte (2016), precisamente cuando Payno exalta la cultura pública y la soberanía que supuestamente produjeron ciudadanos iguales. Así pues, un escritor como Payno sintió forzosamente la encomienda de “consignar el repertorio de hábitos y personajes”, y de esta forma, “certificar el hallazgo de las identidades”, en palabras de Monsiváis (2007, p. 30). Cuando Mora (2006) define a Payno como un “Humboldt moral”, nos remite al mapa donde se trazan los elementos que reúnen a sus actores sociales para configurar la nación por medio de una “integración panorámica” de los sistemas de valores desplegados sobre el territorio.

En suma, con esta novela Payno abre y cierra el siglo, lo trae a la memoria y reconstruye una época que se acaba, precisamente cuando están por perderse las trazas de la ciudad, destruirse o reemplazarse los edificios, desaparecer los tipos y sus costumbres, modificar la toponimia y su topografía. Ordenar los lugares y descifrar los geosímbolos combinados -estructurales y vivenciales-, resulta en un laberinto que puede comenzar a explorarse y, con ello, definir el territorio que se expresa en sus calles, su arquitectura y sus paisajes, mientras se revela por medio de las actitudes de sus personajes, así como por sus relaciones en la trama del libro. La Ciudad de México es el espacio urbano donde todos son parte de un mismo sistema espacial anudado, un mundo diseñado por la narrativa del autor, la totalidad cultural del territorio nacional que parte de la Ciudad de México como “cruce de caminos”.

La configuración territorial en la novela se descubre por medio de un sentido simbólico que representa la realidad social. Esta es precisamente la forma de construir la identidad colectiva que, antes de ser hallada en cualquier otra parte, surge en los geosímbolos, en los espacios que se forjan por la cotidianidad y significación colectiva. En este contexto de búsqueda identitaria, la narrativa de la cultura nacional se expresa a través de distintas estrategias discursivas, que contribuyeron a leer el territorio por medio de metáforas. El romanticismo, el costumbrismo y el realismo del autor fueron recursos que proporcionaron un “efecto de verdad” en su estructura narrativa y que permitieron construir “lugares significantes” o geosímbolos que, en conjunto, forman una alegoría como sinónimo de los conceptos territorio y Estado-nación en plena formación.

La espacialidad mexicana se definió, en primer término, en la literatura porque allí se exploró precisamente un sentimiento de unidad con base en una comunidad integrada, mientras que el otro elemento fue el mapa y la búsqueda de la geografía nacional expresada en él (Soriano, 2013). La novela del siglo XIX y Los bandidos de Río Frío contribuyeron a construir una cultura pública y de pertenencia territorial. En efecto, la literatura coadyuvó en la edificación de la imagen simbólica de los paisajes urbanos y en la concepción de un mapa mental que retrata las realidades espaciales pero, sobre todo, las crea y proporciona una idea, un imaginario territorial.

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Notes

[1] Desde la perspectiva de la geografía social, la cultura es producto de una relación con el medio y, sobre todo, es organización social sobre el espacio en contextos históricos específicos. En otras palabras, un sistema cultural determinado se vuelve la realidad compartida y materializada en el territorio, Claval, 1999).

[2] El término “espacio” se utiliza en el presente trabajo como una noción abstracta, indiferenciada, que denota todo aquello que es medio físico y material. Por su parte, el concepto territorio, siguiendo a Roger Brúnet, citado por Frémont (1999, p. 40), es el “espacio apropiado”, es decir, el espacio concreto que cabe en la noción de quienes lo reconocen propio. En este contexto, se trata del territorio nacional que se busca construir ideológicamente con base en una población, que habita sobre cierto espacio delimitado y tiene como capital y centro neurálgico la Ciudad de México.

[3] La novela contiene un nivel de lectura en que se registra la dimensión cultural del territorio cuando los lugares se vuelven significantes para los personajes que los habitan. El término “lugar” corresponde, como más adelante se verá, a los ámbitos que han sido moldeados por las vivencias de sus usuarios, en este caso, por los personajes de la novela, mientras que “paisaje”, como se reconocerá a lo largo del texto, hace referencia al espacio visto y percibido por el autor, cuya imagen le despierta y evoca sentimientos elocuentes que busca describir de forma discursiva.

[4] Los lugares se vuelven significantes para los personajes que los habitan cuando se crean lazos “afectivos” entre ellos, entonces se teje una “territorialidad imaginaria” (Soriano, 2013, p. 28). Este concepto es propuesto por Soriano (2013), quien se refiere a una forma de apropiación espacial por medio de la narrativa geográfica, mediante una “identificación afectiva”, lo que coadyuva en el proceso del nacionalismo emergente (p. 30).

[5] Aunque se ha reconocido indirectamente la faceta de geógrafo del autor y se han escrito comentarios al respecto, no existe un trabajo dedicado particularmente a los espacios modelados culturalmente por sus personajes y desde este enfoque metodológico. De modo que se busca examinar aquí, bajo la perspectiva cultural, una de las tantas escalas espaciales susceptibles de ser extraídas de la novela y que se propone sea la Ciudad de México. Al respecto, véase Quirarte (2016).

[6] Los bandidos de Río Frío, de Payno, forma parte de una larga tradición de la literatura nacionalista y en ésta representa la más larga y amplia novela de costumbres o “mexicanista”: las dos versiones más completas son la de Porrúa (Payno, 2014) en su vigesimosexta edición, con 998 páginas, y la más cuidada y apegada al estilo original del autor, editada por la Secretaría de Cultura (Payno, 2016), con 1698 páginas. No obstante, esta obra ha sido muchas veces devaluada o limitadamente comprendida por contener una serie de imperfecciones de estilo o juzgada como simple novela de folletín.

[7] Por medio del romanticismo, el máximo deseo de unidad nacional toma forma de alegoría, sobre todo, mediante su asociación con la idea de los amantes que se unen después de pasar una serie de obstáculos. (Sommer, 2004). Es el caso, en Los bandidos de Río Frío, de la relación entre Marianita y Juan.

[8] La obra de Payno puede ser leída como la gran alegoría del nacimiento del México moderno que se configura con sus imposibilidades políticas y contradicciones culturales insuperables. Ejemplo de esta alegoría nacional es la propuesta por Glantz (1994), quien sigue el hilo de uno de los personajes primordiales como figura mítica a lo largo de la novela: Juan Robreño, quien nace después de un parto dificultoso, igual que la nación, y como huérfano e hijo ilegítimo, igual que la nación. Despojado y maltratado, pasa por todas las clases que están formándose en la inédita sociedad mexicana y recorre espacios rituales como víctima propiciatoria y necesaria para construir el nuevo ciclo. Por medio de estos ritos de pasaje, Juan sale al ancho mundo lleno de sacrificios, anarquía, injusticias y abandono, pero, al mismo tiempo, crece amparado y redimido por las mujeres más pobres y marginadas del mundo de la periferia, precisamente donde se alberga el germen de esperanza y que contiene “lo mexicano”. Finalmente, la unión ilegítima con su amante es imposible, pero en ese amor se está gestando una nueva conciencia, aunque de forma laboriosa y llena de obstáculos.

[9] Para dialogar con un texto reciente con un sentido similar al de este trabajo, Deborah Toner (2015) propone examinar el nacionalismo, es decir, “el sentimiento y la identidad cultural” en términos del uso del alcohol en diferentes ámbitos espaciales. A partir del consumo del pulque se construye una “geografía urbana” con divisiones sociales. Sin embargo, estos mismos espacios se trasgreden o interactúan entre el centro y la periferia de la ciudad hasta mezclar la cultura de élite con la popular, lo que refleja las contradicciones entre la libertad y el orden, lo moral y lo ideológico, y que representa, en suma, el paisaje urbano del siglo XIX. Toner lo explica como un conflicto o tensión espacial en que las jerarquías sociales revelan “una ansiedad” que se vive dentro de la estructura general de la sociedad, así como en la construcción discursiva del nacionalismo.

[10] Acerca del concepto ciudad en el despunte de las naciones, François-Xavier Guerra (1998) la explica como “el lugar natural de la política” (junto con las villas y pueblos), donde se decide y se delibera la cosa pública, y la define como “la comunidad política por antonomasia”, o bien como “el espacio público por excelencia” (p. 114). Acerca de la importancia de Ciudad de México en esta época —desde un punto de vista de la historia urbana—, seguimos a Annik Lempérière (1999), quien analiza cómo, a pesar de la ruralización, el caudillismo y el regionalismo que imperaba en esas décadas, el escenario de la “lucha nacional”, se llevaba a cabo en la capital. Esto es, la Ciudad de México contaba con el “papel legitimador”, sobre todo del ayuntamiento, tanto en la esfera política como militar, además de ser el centro donde se cultivaba “una serie de valores ligados a la idea de comunidad urbana” y a “la formación de la opinión pública” (pp. 107-111).

[11] En el Costumbrismo se elaboran cuadros o pinturas que resaltan el carácter de cada individuo (Ruedas de la Serna, 1998, pp. 18-19), y en la novela es posible reconocer en cada personaje a los actores colectivos de una sociedad, quienes, por medio del uso de los espacios, están forjando la nación.

[12] Esto es posible no sólo por la capacidad mimética donde la narrativa literaria se confunde con la realidad, también porque en ella es posible transitar de una percepción individual a un sentimiento colectivo (Rodríguez, 2015, p. 35). Precisamente esta es la forma en que operan las alegorías de la novela decimonónica que, en opinión de Ruisánchez (2013), contienen un elemento de utopía donde se cruzan todas las clases, los oficios y las regiones con la intención de integrar una comunidad nacional, aunque sea por medio no solamente del romance, sino de la violencia, el crimen y la muerte. Un ejemplo es lo que este mismo autor denomina el “drama de la moralidad”. Esto es, ni el amor ni la justicia ni la felicidad se logran consolidar al final de las historias. Es el caso de Cecilia y el Licenciado Lamparilla en Los bandidos de Río Frío, relación tan deseada y esperada, para al final sólo consolidar la monotonía y la decepción, y que es lo mismo que decir: se frustra la posibilidad del triunfo absoluto de las ideas liberales, mientras que permanece la realidad amenazante.

[13] El Romanticismo apela a la capacidad sentimental, pero no se circunscribe a una expresión literaria nada más. Es una forma de interpretación que se otorga al fenómeno vital, donde lo que mantiene al hombre sin desmoronarse no es su inteligencia, sino su pasión (Jiménez de la Rueda, 1989, pp. 90-91).

[14] Los lugares entendidos como geosímbolos que se presentan en este apartado son únicamente una selección a partir del criterio de la geografía cultural y la propuesta de Bonnemaison. Ciertamente, la lista es inmensa y fuera de los alcances de este trabajo. Sin embargo, en Compendio de geografía de México, en el apartado denominado “Distrito Federal. Ojeada general”, escrito en 1872, Payno (2001) enlistaba los edificios y establecimientos principales de la ciudad (pp. 271-289). Hacia 1889, cuando residía en España y escribía “México. Rápida ojeada histórica”, ordenó y describió los lugares que, a su parecer, eran los más representativos de la ciudad. Su clasificación es la siguiente: industria, palacios, templos, bibliotecas y museos, instrucción pública, teatros en México y el periodismo en México (2006, pp. 245-251).

[15] El paisaje, en nuestro entender, hace referencia al espacio visto y percibido por el autor y cuya imagen le despierta y evoca sentimientos elocuentes que busca describir de forma discursiva.

[16] El “ojo narrativo” del autor es el que crea un efecto de realidad sobre los espacios ficticios; Soriano (2013) lo ha denominado la “ilusión de referencialidad” (p. 58).

[17] Originalmente llamado Paseo Nuevo, Bucareli fue el límite poniente de la ciudad. Al fondo, y en el cruce con Av. Chapultepec, estaba la garita de Belén, principal entrada a la ciudad de quienes venían del sur. A la entrada de la calzada se encontraba la Cárcel de La Acordada (Hermosa [1857], 1991, pp. 192). En 1825 la estatua dedicada a Carlos IV o El Caballito se retiró de la Plaza Mayor y en 1852 se trasladó al actual cruce de los paseos Bucareli y Reforma (Fernández, 2000, pp. 88-89) (Figura 1).

[18] Las garitas eran San Antonio Abad, Belén, Santa María la Redonda, Niño Perdido, San Lázaro, Peralvillo y Tlaxpana (Gortari y Hernández, 1988, p. 100) (Figura 1).

[19] Sin embargo, algunos sitios en la novela de Payno (2016) ya estaban convertidos en establecimientos civiles, por ejemplo, el Convento de Santiago era prisión militar (p. 967) y el antiguo edificio de Betlemitas era el Colegio Nacional de Ingenieros (p. 1118). A pesar de que el autor sitúa dicha escuela allí, siempre ha estado en el Palacio de la Plaza Tolsá, hoy Palacio de Minería.

[20] A veces, las diferentes clases sociales chocaban y se enfrentaban violentamente en un espacio público que era para todos. Es el caso del tornero Evaristo, que busca vender honradamente su mueble, y el elegante señor Don Carloto, a quien le molesta la forma en que le ofrecen el producto artesanal en la calle Plateros (Figura 1).

[21] Situada de oriente a poniente, comenzaba a la mitad del Empedradillo, que era el área de jardines e hilera de casas que corrían desde la parte occidental de catedral, pasando por Plateros y hasta Tacuba (Marroquí, 1969, p. 108) (Figura 1).

[22] En el café Águila de Oro se jugaba ajedrez (Payno, 2016, p. 1446), mientras que en Veroli se comían helados (Payno, 2016, p. 1564).

[23] Esta era la plaza principal, que estaba constituida por el “frontispicio” de la catedral, el Palacio Nacional, el Portal de Mercaderes, el Portal de las Flores y el Portal de la Diputación, ente otros portales de comercio más pequeños, (Hermosa, [1857], 1991, p. 189) (Figura 1).

[24] Payno expresaba en las digresiones de su texto que las órdenes despachadas al exterior y los cambios de ministros que se fraguaban “favorecían a unos y perjudicaban a otros”. En cualquier caso, los eventos de gobierno se materializaban en los carruajes y caballos que transportaban en procesión a los políticos del Estado, por ejemplo, el 12 de diciembre, cuando salía una comitiva desde el ayuntamiento hasta la Colegiata de Guadalupe (Payno, 2016, p. 57).

[25] La plaza del Volador estaba situada en el centro de la capital a un costado de la Acequia Real. Hoy ocupa dicho espacio la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que se encuentra entre la calle Corregidora y Pino Suárez.

[26] Según Yoma y Martos (1990), en la época en que se narra la ciudad, es decir, entre las décadas de los años veinte y treinta, su principal mercado era el del Volador, una vez desaparecido el Parián; aún no se había establecido la Merced a donde, desde 1865, se trasladaban puestos desde el Volador y otros mercados que fueron absorbidos por este último (pp. 156-157). Posiblemente, esta situación se debió a que la Comisión de Mercaderes reportaba constantemente ladrones, inseguridad y desorden en el mercado de la Plaza del Volador (pp. 112-124) (Figura 1).

[27] Estos pueblos se encontraban a orillas del canal de la Viga que comunicaba el lago de Chalco y el de Texcoco (Hermosa, [1857], 1991, p. 193) (Figura 1).

[28] Tacubaya era una villa, una residencia del ayuntamiento, y comprendía varios pueblos e importantes haciendas. A la mitad del camino, entre la Ciudad de México y ésta, se encontraba el bosque de Chapultepec junto con su montaña y todavía con su manantial (Hermosa, [1857], 1991, p. 197) (Figura 1).

[29] Viaje que anunciaba ya la apertura del centro de la ciudad hacia el oeste, es decir, con dirección a Chapultepec, al futuro Paseo de la Reforma y a la colonia Francesa (Fernández, 2000, pp. 98-99) (Figura 1).

[30] Calzada que corría de norte a sur: desde el Tribunal del Crimen o la Acordada hasta la garita de Belén (Marroquí, 1969, p. 630) (Figura 1).

[31] El Teatro Principal fue el primer coliseo de la ciudad. Otros cobrarían mayor relevancia en décadas posteriores, tales como el de Santa Ana o el de Iturbide, entre otros de menor importancia (Hermosa [1857], 1991, p. 193-194) (Figura 1).

[32] Que incluye, en el caso de la novela, una extensa y detallada gastronomía mexicana.

[33] Hoy es la calle Bolívar.

[34] En el sentido alegórico, la representación literaria -que está forjando la identidad nacional- acerca del uso de pulque por parte de Evaristo, conlleva la idea de masculinidad y machismo censurada por el autor. Ello, en contraste con el consumo de alcohol que comparten el cabo Franco y Juan Robreño, y que más bien simboliza los lazos fraternales que pueden asistir en la idea de unión nacional (Toner, 2012).

[35] Entre otros, Chalco, Texcoco, Ameca, Cuautla y Amilpas (Payno, 2016, p. 881) (Figura 1).

[36] La calle de la Acequia corría de poniente a oriente a un costado de la calle Correo Mayor (Marroquí, 1969, p. 179). El nombre general de la calle era Acequia y sólo después se denominó calle de la Leña, en razón del comercio de madera que se llevaba a cabo en esa área (p. 108) (Figura 1).

[37] El Hospicio de Pobres fue un establecimiento inaugurado por el virrey Bucareli, con el objetivo de confinar a los “pordioseros” y “vagos”. Su construcción se realizó en un predio situado al sur de la Alameda, junto a la Cárcel de la Acordada. Entre ambos establecimientos se abriría, más adelante, la calle de Balderas.

[38] Payno, además, describe: “El 12 de cada mes concurre mucha gente principal de esta ciudad a oír misa y rezar; pero el día 12 de diciembre el jefe de gobierno y las autoridades todas de México concurren de grande uniforme y en solemne procesión a la catedral de Guadalupe, donde se celebra una función religiosa con tanto lujo y esplendor como pudiera en la misma capital de la cristiandad” (1999, p. 152).

[39] “Un poco como las psicologías distinguen en el seno del espíritu humano los niveles diferentes que van de la consciencia al inconsciente” (Bonnemaison, 2000, p. 57).

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